Cuando salí a los 8 años de Lima, hice una migración inversa en todo aspecto. Es usual que la gente de provincias se mude a la capital siempre por la famosa “búsqueda de oportunidades” y cuestiones sociales que se les implanta por ver muchos edificios en vez de cerros, muchos autos en vez de ganado y por observar la realidad limeña por el filtro poco austero de la verdad: el televisor. Mi caso fue distinto. Llevo trece años viajando por el país con mi familia, disfrutando del campo, el mar y las ciudades, de compartir con gente buena o extraña -aún no conozco gente mala, solo gente jodida del cerebro en algunos casos-. Ahora, en un afán de quererme dármela de independiente decidí regresar a la ciudad-que-me-vio-nacer pero no me reconoce, y para ser sincero, yo tampoco.
Nunca he buscado un trabajo por así decirlo. Siempre tenía la idea de imprimir mi currículum, enviarlo a alguna agencia y al día siguiente ya tendría trabajo porque dirán: “Este chico es lo que necesitamos”. Pero, nunca fue así. Siempre estuve en el lugar indicado, el momento indicado y las personas indicadas para obtener el trabajo deseado: esos de los que te alcanza para viajar a fin de mes a dónde quieras y puedes entrar a un café a usar tu tarjeta sin tener que presumir mesura (en el caso que te la des de ahorrador).
Ahora bien, abusando de mi suerte que yo consideraba eterna, zarpé en búsqueda de las condiciones perfectas para iniciar mi solitaria y sólida existencia. Y abusé demasiado. Llegué y pensé que imprimir un par de currículums era más que suficiente. Primero enviándolo por correo a los bancos y agencias calificadas de importantes. Pasó una semana, y empecé a sentir que algo no andaba bien. Los números de la cuenta de ahorro empiezan a disminuir y en el periódico solo encuentro trabajo en un Call Center o en un Supermercado, mientras pienso porque no estudie contabilidad en un instituto o cocina, que tanto andan requeridos.
Pasó un mes y no encontré más que la oportunidad -contra mis aspiraciones anteriores, currículum bonito y estima personal – que aceptar la primera propuesta de trabajo que encuentre por la cantidad que sea, dado que si bien no me mataría el hambre, el aburrimiento si lo iba a hacer. Y fue cuando un familiar me dijo que había un trabajo en una libreria por campaña escolar. Lo admito, me sonó descabellado, no porque sea un trabajo inferior, sino porque no me sentía con la capacidad de hacerlo, pero tendría que camuflarme en la actividad humana para vencer mis temores y prejuicios. En menos de 10 horas ya estaba con un uniforme que parecía de duende, el rostro tieso y la esperanza de recibir dinero e ir a comer helados el fin de semana. Mi silencio era absoluto, pasó la campaña, hice mi trabajo, y me sentí la persona más realizada del universo, como si nunca hubiera trabajado en mi vida. Recibí el dinero, que no era poco, y no me duró ni 5 minutos en las manos, con todas las deudas que un ser “independiente” tiene que cancelar. ¡Demonios!
Mi sueño del trabajo perfecto sin acabar la universidad se fue al tacho. Así que decidí pedir ayuda. Es como mi tio me llamó a trabajar en su bar, lo cual ha sido una experiencia chévere. Recientemente fui a una entrevista de trabajo para Telefónica, pasé la entrevista y esas formalidades, aunque ver salir a las personas luego de un examen psicológico no es tan grato cuando tú eres el siguiente, los zuzurros sobre el dibujo: ¿y dónde va la serpiente? ¿a lado del árbol? ¿dónde debería dibujarlo? Colocar a la serpiente fue un dilema, no era el clásico hombre bajo la lluvia.
Quién sabe cual será mi próximo trabajo, pero ya trabaje en un banco, una aerolínea, en trademarketing de una empresa importante de alimentos, una pizzeria, una libreria y ahora en un bar. No puedo estar sin actividad, siento que mis huesos se vuelven viscosos y me convierto en una ameba. Realmente no sé cuál será el siguiente trabajo, pero lo que sí sé es que es tiempo de generar actividades a la par de mi búsqueda fallida, regresar a los deportes, el arte y la interactividad social de hacer algo bueno por la humanidad, aunque suena muy Batman.
Lima sigue gris y húmeda, yo sigo caminando aquí entre la multitud detrás del humo de mi cigarro, un libro en la mano y un lapicero en el bolsillo, pero ahora camino en cuenta regresiva. Y si Lima no me reconoce, tendré que demostrarle quién soy.