Somos una generación que está compuesta de espíritus inquietos en un mundo donde las nubes tienen color a depresión; los observadores de la destrucción del hombre por el hombre en las ciudades donde el silencio es un tesoro y donde la tranquilidad se convierte en el egotismo absoluto del placer. Pero no nos convertimos a la masa, pues no nos conformamos como el resto, ser parte de la gente común: la influenciada, la corrompida, la desorientada, la hasta indiferente a su realidad. Pareciera que camináramos en contra de ellos, mientras ellos andan en avalancha. Nos miran con caras de susto, en cambio nosotros los miramos con caras de esperanza. Basamos nuestras frustraciones en su conformismo o alienación, mientras ellos nos juzgan por ser diferentes a lo que ellos llaman sociedad. Los usamos en nuestras tertulias con ganas de crear un mundo mejor, ellos susurran entre sus prejuicios. Aunque todo sea así, o peor, no nos rendiremos. Cuando uno le encuentra un fin a su vidad, la frustración más grande deja de ser parte de un concepto social y pasa a serlo de nuestra mediocridad como humano.