Hay momentos en los cuales uno debe tomar una decisión que vaya más allá de simples palabras o de una rebeldía sin un fin específico, siempre justificada por nuestra edad. Cuando empiezas a hundirte en la tierra en la que estás pisando, es mejor dar un paso de lado y hasta en algunos casos, también cambiarse los zapatos, pues a veces llevamos lodo en ellos. Hay varias condiciones para llegar a eso, mis dos puntos de vista.
El primero es limar con esas sensaciones de represión que uno lleva adentro, creadas y enseñadas por la sociedad y que sin querer dejamos que este aprendizaje se vuelva el más dañino y agresivo: quiere a todos y todo primero, antes que a tí. ¿Cómo dar algo que no tenemos? ¿Como dar cariño cuando ni siquiera lo tenemos por nosotros mismos?. Te piden adorar a Dios, a tu madre, a tu padre, a tu prójimo, a las autoridades, hasta te enseñan día a día como hacerlo. Pero ¿quien te enseña a quererte a tí mismo?
Mi segundo punta de vista es que tenemos siempre en mente que no queremos dañar a alguien, pero a veces sin querer nuestras palabras y actos o nuestra simple manera de ser afectará a las personas que amamos, es ahí cuando te sientes mal por ser tú mismo, y no encuentras un refugio o un rostro confiable, pero ahí está el proceso de liberación. La soledad nos hace únicos, reflexionamos de acuerdo a ellos en lo que somos y en lo que hacemos. La finalidad es sentirse libre de una sensación opresora, independización de los prejuicios. Pareciera que a veces es un mal darte cuenta de lo que sucede, la sensibilidad se agudiza, pero también la experiencia, lo que lo hace valedero, pues de ella depende nuestra seguridad, medio para la libertad. Hay que aprender a quererse, es la única forma de ser libre y realmente poder querer y vivir plenamente.