Mi habitación es mi refugio, donde me oculto y creo, donde mis estados de ánimo, mis sueños y mis miedos convergen. Tengo una nueva habitación, me costará convertirlo en un nuevo refugio. En la ventana, las luces de la calle de noche me daban una especie de sensación a angustia.
Cometí un error: mezclar el mundo de afuera con el de adentro, cuando deberían ser dos cosas distintas. Las paredes blancas acentúan ese vacío. Hoy colgaré un cuadro en mi cuarto, en la pared que, estadísticamente, es la más propicia que mire al despertar. Habrá un dibujo con una sonrisa grande y elegante así como una mirada tierna y anhelante, tendrá a su vez un texto que se lea: “Hoy es genial”. No “será”, no “puede”. Sino simplemente “es”. Pues en eso quiero que se convierta.
Las paredes blancas serán pintadas con colores cálidos a mi gusto, reflejando quien soy, pues si mi espíritu se congela cuando no hay asombro y solo hay ansiedad y tristeza, deberé buscar entre lo más mínimo para contrarrestarlo. En las otras paredes, vacías también colgaré repisas, y las llenaré con mis libros y algunas fotos. Cada cambio es algo nuevo, y lo nuevo siempre es convertido en lo bueno. Nada me perturbará en mi lugar, para que contaminar – si con los cigarrillos me basta – de tanta mediocridad de autismo intelectual. En vez de retomar como un problema o virtud la existencia, explotar cada segundo y claro, representarlo en cada rincón de esa habitación.