A muchos de nosotros nos parece placentero caminar solos por la ciudad. Las calles suelen ser pasajes de meditación y los cuerpos esquivas inspiraciones para considerar. Nuestra misma existencia rodeada de nuestras filosofías personales se convergen en distintos teoremas. En la soledad nuestros monólogos fluyen de acuerdo a nuestras meditaciones y necesidad de justificar o entender cierta realidad. La soledad puede ser agradable cuando se comparte con alguien también. Hay personas con las que podemos conversar meditando las mismas cosas que cuando estamos solos. Nadie contradice. Solo se suman ideas unas tras otras: desde el porqué del estresante claxon hasta de la existencia de un ser supremo. La misma ciudad es un tema y el análisis en la comunidad de la soledad se convierte en la terapia más placentera. El acompañante suele ser el espíritu alentador de la meditación.
