¿Y dónde va la serpiente?

junio 28, 2010

Cuando salí a los 8 años de Lima, hice una migración inversa en todo aspecto. Es usual que la gente de provincias se mude a la capital siempre por la famosa “búsqueda de oportunidades” y cuestiones sociales que se les implanta por ver muchos edificios en vez de cerros, muchos autos en vez de ganado y por observar la realidad limeña por el filtro poco austero de la verdad: el televisor.  Mi caso fue distinto. Llevo trece años viajando por el país con mi familia, disfrutando del campo, el mar y las ciudades, de compartir con gente buena o extraña -aún no conozco gente mala, solo gente jodida del cerebro en algunos casos-. Ahora, en un afán de quererme dármela de independiente decidí regresar a la ciudad-que-me-vio-nacer pero no me reconoce, y para ser sincero, yo tampoco.

Nunca he buscado un trabajo por así decirlo. Siempre tenía la idea de imprimir mi currículum, enviarlo a alguna agencia y al día siguiente ya tendría trabajo porque dirán: “Este chico es lo que necesitamos”. Pero, nunca fue así. Siempre estuve en el lugar indicado, el momento indicado y las personas indicadas para obtener el trabajo deseado: esos de los que te alcanza para viajar a fin de mes a dónde quieras y puedes entrar a un café a usar tu tarjeta sin tener que presumir mesura (en el caso que te la des de ahorrador).

Ahora bien, abusando de mi suerte que yo consideraba eterna, zarpé en búsqueda de las condiciones perfectas para iniciar mi solitaria y sólida existencia. Y abusé demasiado. Llegué y pensé que imprimir un par de currículums era más que suficiente. Primero enviándolo por correo a los bancos y agencias calificadas de importantes. Pasó una semana, y empecé a sentir que algo no andaba bien. Los números de la cuenta de ahorro empiezan a disminuir y en el periódico solo encuentro trabajo en un Call Center o en un Supermercado, mientras pienso porque no estudie contabilidad en un instituto o cocina, que tanto andan requeridos.

Pasó un mes y no encontré más que la oportunidad -contra mis aspiraciones anteriores, currículum bonito y estima personal – que aceptar la primera propuesta de trabajo que encuentre por la cantidad que sea, dado que si bien no me mataría el hambre, el aburrimiento si lo iba a hacer. Y fue cuando un familiar me dijo que había un trabajo en una libreria por campaña escolar. Lo admito, me sonó descabellado, no porque sea un trabajo inferior, sino porque no me sentía con la capacidad de hacerlo, pero tendría que camuflarme en la actividad humana para  vencer mis temores y prejuicios. En menos de 10 horas ya estaba con un uniforme que parecía de duende, el rostro tieso y la esperanza de recibir dinero e ir a comer helados el fin de semana. Mi silencio era absoluto, pasó la campaña, hice mi trabajo, y me sentí la persona más realizada del universo, como si nunca hubiera trabajado en mi vida. Recibí el dinero, que no era poco, y no me duró ni 5 minutos en las manos, con todas las deudas que un ser “independiente” tiene que cancelar. ¡Demonios!

Mi sueño del trabajo perfecto sin acabar la universidad se fue al tacho. Así que decidí pedir ayuda. Es como mi tio me llamó a trabajar en su bar, lo cual ha sido una experiencia chévere. Recientemente fui a una entrevista de trabajo para Telefónica, pasé la entrevista y esas formalidades, aunque ver salir a las personas luego de un examen psicológico no es tan grato cuando tú eres el siguiente, los zuzurros sobre el dibujo: ¿y dónde va la serpiente? ¿a lado del árbol? ¿dónde debería dibujarlo?  Colocar a la serpiente fue un dilema, no era el clásico hombre bajo la lluvia.

Quién sabe cual será mi próximo trabajo, pero ya trabaje en un banco, una aerolínea, en trademarketing de una empresa importante de alimentos, una pizzeria, una libreria y ahora en un bar. No puedo estar sin actividad, siento que mis huesos se vuelven viscosos y me convierto en una ameba. Realmente no sé cuál será el siguiente trabajo, pero lo que sí sé es que es tiempo de generar actividades a la par de mi búsqueda fallida, regresar a los deportes, el arte y la interactividad social de hacer algo bueno por la humanidad, aunque suena muy Batman.

Lima sigue gris y húmeda, yo sigo caminando aquí entre la multitud detrás del humo de mi cigarro, un libro en la mano y un lapicero en el bolsillo, pero ahora camino en cuenta regresiva. Y  si Lima no me reconoce, tendré que demostrarle quién soy.


16 & a-little-bit-older.

junio 10, 2010

“They only love you when you’re seventeen. When you’re twenty-one, you’re not fun” ♪♫

Sentir tu respiración como un mágico soplido por mi cuello fue como un retroceso peligroso hacia una época donde solía escuchar los discos de Bob Marley recostado sobre un sofá que recolecté de la casa de mi abuela y lo puse en mi habitación. El tiempo exacto, donde nunca importó darle un poqué a los sentimientos. “Te quiero, por que te quiero y simplemente eso” . Sin ningún teorema, mind-games, psicología intrínseca, papeles ni condiciones neuronales.  Sin embargo, ya pasaron un poco de años y como la chica del autobús dijo: “los años que pasan te hacen ponerte un traje medieval y un identificador de frases en el cerebro”. Ya no se puede creer en frases geniales cuando parece que, a partir de los 20, los minutos se vuelven segundos y las horas días. La fugacidad de los sentimientos es relevante y no te puedes dar el lujo de apostar sin quebrar en algún momento.

Si no aparecías, no me habría dado cuenta del tiempo que ha pasado desde que era un muchacho con sueños sin preocupaciones, a ahora que soy un adulto con preocupaciones y metas. Ahora mis locuras son disculpadas por el exceso de alcohol, mi profesión, o simplemente por alguna explicación de temperamento extraño que alguien leyó en un libro de psicoanálisis. Cuando en realidad, mis arrebatos son risueños disparos a la normalidad sociales que me parecen una deformidad espiritual.

- ¿Por qué no tienes 21?
- Porque nací 5 años después.

He intento no reaccionar tardíamente a respuestas tan lógicas y sentimientos tan descontroladores cuando el único medicamento es tu mano sobre mi rostro y tus ojos caninos que contagian tu divertida bipolaridad. Pues si me quedo recostado esperando la primavera, ya me habré congelado en 5 inviernos más. El otonó hará caer las hojas de los árboles donde escribimos nuestras palabras que regamos con sonrisas, y el viento las soplará hasta alejarlas de nuestra vida.

Eres un contemporáneo altar de mis actitudes y pensamientos . Tienes el poder de hacer perdurar el tiempo, que los minutos vuelvan a ser segundos y que los días sean largas horas. Puedo fluir entre esa energía que me hace creer que las soluciones están a mis pies y que los gritos llegan a mis oidos como graciosas melodías. No hay ruido cuando solo puedo escuchar latidos. No pidas abrazarme, déjame abrazarte. Es mi rol, sobreprotector. Como una despedida, pues así como empezó, termina.


Hefesto no hace rejas para tu casa.

junio 10, 2010

Tengo una manía insana de salir a caminar de noche, cuando todos duermen. Cuando las aves hacen ruidos lejanos y los perros ladran al escuchar mis pasos. Tengo una manía insana que admite una adicción de muerte sutil. Un par de cigarrillos en mis bolsillos me pueden disfrazar desde un letrado artista hasta un rebelde chiquillo. El humo al soplido hace que me desaparezca entre ideas, como una visión fugaz.

Pasó más de una década y media, y regreso al parque por donde solía pasear en triciclo y recibir los regalos especiales en Navidad. El mismo parque donde tenía cientos de miradas tibias sobre mi cabeza y palabras suaves que formaban oraciones donde el núcleo solía ser el nombre de mi madre. Recuerdo que eran frondosos árboles, no solo escasos troncos mutilados como los hay ahora. Recuerdo también que mi casa, ubicada a una cuadra, era una de las pocas en tener unas relajadas rejas que obligaban a tocar un timbre anunciador de buenas visitas. Ahora, todas las casas han construido enormes murallas, con cercos eléctricos, las miradas se han disminuido a cláxones por la tarde y las palabras a pequeños susurros que como arcoiris suelen apreciarse.

Nadie notaría mi presencia ahora, lo cual me da una libertad de prender otro cigarrillo. Sin embargo, corro el riesgo de ser apuntado con el rifle de la desconfianza, justo en la sien, pues a quién se le ocurriría que la noche es segura. Amo mi libertad, la primera vez que conocí el significado de esa palabra fue cuando la perdí.

Recuerdo las rejas de mi casa, yo me colaba entre ellas como una iguana, empujaba la puerta lateral e iba corriendo a mi cuarto por un pasillo largo y subiendo las escaleras. De cuando en cuando subía al piso más alto, me recostaba en el balcón y observaba el cielo, que yo creía que era celeste, aunque digan ahora que es gris. Fue en una de esas veces que mirando el cielo, bajé la mirada y tras las rejas vi a mi versión 20 años mayor que yo pidiendo verme. Recuerdo a dos personajes grandes que le indicaban que no estaba. Cuando bajé corriendo, saltando escalones, el se estaba yendo. Escuchó mi pituda voz y regresó. Recuerdo verlo con desconfianza tras la reja y sentir que no era una reja sino un abismo andino.

Como todo padre, prometió cosas geniales, me sentí extrañamente nervioso. Y yo entré a la sala, algo entusiasmado. Me imaginé mil cosas que haría cuando atraviese la reja un día y saliera con él. Sentí que esa era la libertad. La primera libertad que conocí era un sueño. Sueño que quize recobrar de grande, luego de alejarme de esas rejas, esa casa y ese parque, para conocer lugares que no sabían que existían. Un sueño que no pasó de ser un sueño.

Veo las rejas de su casa, la puerta con un letrero inmenso de renta. No concibo la idea de pensar que un día pude estar tan cerca a él y otro día no sé si me observa de una manera odiosa queriendo cumplir su rol de padre. Sin estrellar mi metafísica y encender otro cigarro, recorro las calles que pasaron de ser amigables residencias a castillos feudales.


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