“Traveling around sure gets me down and lonely
Nothing else to do but close my mind
I sure hope the road don’t come to own me
There are so many dreams I have yet to find
But you’re so far away” ♪♫♪
Dormir despierto. Mi cabeza recostada sobre la luna del autobus, el ruido de los cláxons amotinando la somnolencia y las paradas escandalosas donde todos desearían que el bus se convirtieran en un Boeing y, con paracaidas, todos aterricen en sus respectivos destinos. Es Lima, hay obras, y habrán muchas más, pero también habrá más tráfico, a menos que la aceleremos y modernizemos al punto de llegar a ser la ciudad de los Supersónicos. Los postes con los subliminales afiches verdes de una de las candidatas menos queridas pero astutamente (aunque abusivamente) sobria e iracunda defensora de su virginidad política perforan la suceptibilidad: ” A casa, en la mitad de tiempo y al mismo precio” . Claro, es el tiempo que me conlleva a vivir ensimismado en miles de historias creadas sentado en un asiento garabateado por escolares, a oidos sueltos de voces parlanchinas de sus tripulantes menos discretos. O talvez el silencio perpetuo y la música techno de la radio del bus, electrifica las miradas sigilosas, agotadas por el cansancio y otras que se perdieron con Morfeo mientras que las barbillas se humedecen.
Es cierto, lo acepto, no soy la mejor persona del mundo. No he sido el amante fiel de la salud ni el buen estado de ánimo. Es cierto que sufro de pesadillas, aun despierto y que voy venciendo mi miedo a las alturas desde que me alojé en el último piso de un edificio dónde el atardecer entibiaba Lima como un dorado paraiso. Lo acepto, he sido el viajero empedernido, y así como he tenido amores esporádicos, he cambiado de ciudad dejándolas atareadas con mil dudas dependiendo de un teléfono o de unos insignifacantes íconos de internet. He reiterado muchas veces mis disculpas con una sonrisa pegadas con clips a los cachetes y, aunque mis ojos me delaten, es más advertible que me pierdo en mil ideas cuando debería estar concentrado en algo serio. No todo es como una novela mexicana, amor. A veces no es necesario infidelidades ni tormentos para una historia emocionante. Sin embargo lo que no enamora, a veces exaspera, como esa magia cuando te miro y el silencio queda tallado en el cielo, en contraste al silencio que acusa y acribilla tras un aparato interlocutor.
La gente está parada en el bus, colgada de los fierros del techo como si se trataran de ropas en el cordel de la azotea. Me causa privilegio estar sentado observando los enredados cables que atraviesan las avenidas y enredan las calles, sobre los cuales las aves crean sus nidos, sus mercados y hasta sus baños. Mi mochila pegada a mi pecho y otra vez ando distraído dejando el libro entreabierto, fingiendo que leí una página más, cuando, en realidad, voy una menos.
